No soy esa persona a la que te quedas mirando en el metro. No tengo ese fascinante aura de misterio de muchos extraños. No dan ganas de conocer mi historia. No soy esa persona con porte elegante y caminar ligero a la que dan ganas de conocer mientras mira a un punto infinito en el vagón. Me gustaría ser así. Pertenecer a ese selecto grupo de gente a la que le queda bien toda prenda que se ponga. Ese grupo de gente con mirada inteligente y estilo misterioso, con esa sonrisa perfectamente casual y la ropa con un ligero aspecto de desorden, que te recuerdan que todo ese efecto lo consiguen sin ningún esfuerzo, y cuyo gran toque de humanidad puede ser un simple lunar en el labio. Sí, me gustaría ser como ese tipo de gente cuyo peinado parece haber nacido con ellos, en el que cada mechón de pelo parece cuidadosamente puesto en su lugar, incluso aquellos cuya disposición parece anárquica con respecto al resto.
Veo a ese tipo de personas de vez en cuando en el Metro, en el autobús, andando por la calle, tomando un café o incluso en mi propio instituto. Me giro, les miro y esa mezcla entre fascinación y envidia se extiende por mi cuerpo. Si veo que escuchan música, me pregunto qué clase de música alternativa y personal estarán escuchando. Puede que estén escuchando la música más comercial y común, pero cuando veo el leve bailar de sus labios, dejando escapar invisibles letras de canciones, creo que cualquier canción, la que sea, se convierte en algo sofisticado, complicado e inteligente. Tienen esa extraña mirada solitaria, a veces mezclada con algo de indiferencia, que te hace ver que no necesitan demasiada compañía, que están bien ellos solos, que les gusta ser como son: diferentes, incluso mejores.
Yo no soy así. Soy un simple chaval, andando por el metro, sujetándome esos pantalones que me están bien de largo pero no de ancho, e intentando que no se me caiga la carpeta llena de apuntes. No me apoyo con ninguna elegancia en la barra del metro, simplemente me derribo, derrotado, contra el suelo y observo al resto del vagón con cierta curiosidad, quizá buscando a alguna de estas personas. Cuando llega el momento, me levanto torpemente y sigo andando mientras me sujeto los pantalones, algo incómodo.
No, definitivamente no soy una de esas personas interesantes, claramente inteligentes, guapos, fascinantes en definitiva. No tengo esa perfecta sonrisa en las fotos, no tengo esa expresión impenetrable y esos bonitos ojos indescifrables que brillan con ingenio en las fotos. Pero... ¿Merece la pena? ¿Merece la pena ser así de cercano a la perfección? ¿Quién sabe lo solas que están esas personas? Quizá se sientan solos, aislados por la envidia del mediocre o sientan que no hay gente como ellos cerca. Quizá si les preguntásemos, preferirían ser un pequeño chaval torpe en el metro que intenta no caerse a cada paso. Quizá no. Nunca lo sabré, porque no soy ese tipo de persona.
viernes, 31 de diciembre de 2010
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Fotos
Miro una foto detrás de otra. No busco nada. Ni familiares, ni amigos, ni una cara que me conozca y me devuelva una sonrisa vacía, acompañada de dos ojos que miran al infinito. Sigo pasando fotos. No conozco a nadie, no sé cómo suenan sus voces, ni cómo es la calidez de sus ojos o el tacto de su piel. Pienso que igual me gustaría conocerles, me gustaría vivir otra vida, ser otra persona, cambiar. Me quito esa idea de la cabeza y sigo pasando foto tras foto.
No lo entiendo. No entiendo por qué sigo pasando fotos, pero no puedo parar. Quiero verlas todas, una tras otra, sin dejarme ni una. Sigo viendo sonrisas desconocidas y miradas que me son extrañas. No forman parte de mi vida. Esos ojos, esas caras nunca me mirarán a mí. Es una sensación extraña, puedo verles, puedo conocer cada mancha en su piel y cada remolino en su pelo, pero no puedo ser parte de su vida.
Me imagino entre ellos, riendo, sonriendo a las fotos... sin saber que alguien a quien no conozco, me está mirando a través de una pantalla, estudiando cada mechón de mi pelo, cada arruga en mi frente y cada corte en mi piel. Me imagino fotos de un futuro en el que aparezco y que nunca ocurrirá, porque no es mi futuro. Esas fotos no son más que manchas de pintura en un lienzo de irrealidad. Una profunda sensación de melancolía me inunda, y me siento extrañamente vacío. Echo de menos a mis falsos amigos. Aquellos de los que conozco su cara, su pelo, sus ojos, sus manos, su ropa... pero no a ellos. No, a ellos no les conozco, pero les echo de menos. Mi futuro inventado, en el que sonrío con ojos vacíos y sonrisa preparada a una cámara junto a ellos, me hace llorar su ausencia. Ausencia que no existe, porque ellos nunca han estado. Ni ausentes, ni presentes.
No lo entiendo. No entiendo por qué sigo pasando fotos, pero no puedo parar. Quiero verlas todas, una tras otra, sin dejarme ni una. Sigo viendo sonrisas desconocidas y miradas que me son extrañas. No forman parte de mi vida. Esos ojos, esas caras nunca me mirarán a mí. Es una sensación extraña, puedo verles, puedo conocer cada mancha en su piel y cada remolino en su pelo, pero no puedo ser parte de su vida.
Me imagino entre ellos, riendo, sonriendo a las fotos... sin saber que alguien a quien no conozco, me está mirando a través de una pantalla, estudiando cada mechón de mi pelo, cada arruga en mi frente y cada corte en mi piel. Me imagino fotos de un futuro en el que aparezco y que nunca ocurrirá, porque no es mi futuro. Esas fotos no son más que manchas de pintura en un lienzo de irrealidad. Una profunda sensación de melancolía me inunda, y me siento extrañamente vacío. Echo de menos a mis falsos amigos. Aquellos de los que conozco su cara, su pelo, sus ojos, sus manos, su ropa... pero no a ellos. No, a ellos no les conozco, pero les echo de menos. Mi futuro inventado, en el que sonrío con ojos vacíos y sonrisa preparada a una cámara junto a ellos, me hace llorar su ausencia. Ausencia que no existe, porque ellos nunca han estado. Ni ausentes, ni presentes.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Disfruta de tus contradicciones
Porque quiero y no quiero. Porque si no voy mañana, me arrepentiré durante toda mi vida. Pero... quisiera parar el tiempo. No, no pararlo. Retroceder en él. Quiero volver al año 2000, porque estos últimos diez años han pasado tan rápidos... tan enormemente rápidos... quiero volver a vivir con impaciencia los lanzamientos de los libros, volver a conocer a mis mejores amigos, volver a jugar en los recreos a ir a Hogwarts, y tener el secreto deseo de recibir cierta carta a los once años.
Pero sé que es hora de dar un paso adelante. El penúltimo paso. Ya no hay más que ésta y otra. Suena trágico, pero una parte de mi vida acaba, y es Harry Potter quien se la lleva. Diez años de mi vida por y para él, un niño que dicen nació en Gran Bretaña, un 31 de Julio de 1980, pero que en realidad nació cuando la idea empezó a moldearse en la cabeza de Joanne Kathleen Rowling.
Ya nada queda más que esperar. Ver mañana una película, dentro de ocho meses otra, y mientras tanto, desear verla y no verla. Verla para continuar adelante, no verla para volver hacia atrás, pero no es posible. Sólo queda esperar, y mientras tanto, disfrutar de tus contradicciones.
Pero sé que es hora de dar un paso adelante. El penúltimo paso. Ya no hay más que ésta y otra. Suena trágico, pero una parte de mi vida acaba, y es Harry Potter quien se la lleva. Diez años de mi vida por y para él, un niño que dicen nació en Gran Bretaña, un 31 de Julio de 1980, pero que en realidad nació cuando la idea empezó a moldearse en la cabeza de Joanne Kathleen Rowling.
Ya nada queda más que esperar. Ver mañana una película, dentro de ocho meses otra, y mientras tanto, desear verla y no verla. Verla para continuar adelante, no verla para volver hacia atrás, pero no es posible. Sólo queda esperar, y mientras tanto, disfrutar de tus contradicciones.
domingo, 7 de noviembre de 2010
De Plaza Elíptica a República Argentina.
El andén bullicioso de la estación de Plaza Elíptica. Un bostezo. Se me caen los párpados. Un bostezo. Me pesa la mochila. Un bostezo. Miro hacia arriba, derrotado. Cambio el peso de un pie a otro, impaciente. Miro a la pantalla. Queda un minuto. Bajo la vista al suelo y miro mis pies. Golpeo el suelo con ellos sin un ritmo demasiado claro.
Un ruido atronador. El chillido del metro resuena en mis tímpanos, y doy unos pasos hasta pisar la línea amarilla al borde del andén. El tren para. Busco la puerta más cercana y entro. Me siento en el suelo, saco el libro y empiezo a leer.
Sin levantar la vista de mi libro, sigo adelante. Usera. El vagón no está lleno. La gente se apoya contra las barras del vagón, y miran al infinito. ¿A dónde irán? No lo sé. Puedo ver la pereza en sus ojos. La añoranza de una cama cálida y acogedora donde dormir hasta tardías horas de la mañana. Legazpi. Baja gente, sube gente. El vagón sigue igual de lleno. Nuevas caras, legañas en la comisura de los ojos. Bostezos, uno tras otros. Vuelvo la vista a mi libro, e intento continuar, pero las caras de la gente me llaman. Cada una con una historia, cada una con sus propias preocupaciones y alegrías. Arganzuela-Planetario. Sube gente. Nadie baja. El vagón empieza a estar más lleno. Sigo mirando a la gente. Desde el suelo miro a unos y a otros. Todos parecen más grandes desde abajo. Imponentes desconocidos, con unas vidas que nunca conoceré. Me hace sentirme pequeño. Hay mucha gente a la que no conozco y jamás conoceré. Méndez Álvaro. Chillido del tren. El vagón frena y un aluvión de gente entra tras las puertas. Unas personas se aprisionan contra otras. Hay poco espacio, empieza a inspirar claustrofobia. Las personas están a pocos centímetros de distancia unos de otros, y tal vez nunca vayan a estar tan lejos de alguien como están ahora. Miro inquisitivamente a la gente del vagón. Un chico escuchando música, una chica con unos apuntes, dos amigas parloteando alegremente, un hombre trajeado profiriendo un sonoro bostezo... Pacífico. Mucha gente entra y sale. Movimiento. Agobio. Estrés. Cierro los ojos y apoyo la cabeza contra la pared. Respiro. Una vez. Dos. Tres. Me relajo. El tren se pone en marcha y abro los ojos. El chico que escucha música sigue ahí, y la chica que estudiaba empieza a guardar sus hojas, pero el hombre trajeado no está. En su lugar hay una mujer mayor, con mirada derrotada. Conde Casal. El vagón sigue lleno, y empiezo a notarme ligeramente mareado. No lo aguanto. No lo soporto. Miro al rededor para ver si me olvido del mareo que se cierne sobre mí. Intento seguir leyendo, pero parece imposible. Sáinz de Baranda. El tren sigue adelante. Ya falta poco, me digo a mí mismo. Ya no veo más allá de dos palmos de mi nariz. La gente me rodea, y puedo ver poco más que el bolso de una mujer, el cuidado maletín de un caballero mirando su teléfono y las descuidadas mochilas que dos chicas han colocado en el suelo, a mi lado. O'Donell. Cierta melancolía me acecha. Todos los días, uno tras otro, hago este viaje solo. ¿Merece la pena? En el agobio de estas estaciones, a veces la respuesta parece ser no. Manuel Becerra. Ya queda menos, me digo. Miro con desesperación y cuento el número de palabras. Una, dos, tres. Sólo tres, pero parecen mil. Ya no están ninguno de los que empezó el viaje en Plaza Elíptica. Nadie llega tan lejos como yo desde ahí. Diego de León. Dos, sólo son dos, y en la siguiente se vacía el vagón. Dios, cómo lo ansío. No hay nada peor que esta soledad. Estar en un cubículo con doscientas personas, y al mismo tiempo estar solo. Avenida de América. Parecía que no llegaba. El vagón prácticamente se vacía. Veo entrar algunos chavales con mochila. De mi instituto, supongo. Ellos hacen una parada. Yo trece. Me vuelvo a preguntar. ¿Merece la pena? No lo sé, después de semejante viaje, sólo deseo llegar. República Argentina. Por fin. Me levanto y aprieto con desesperación el botón para que se abra la puerta. Salgo y subo las escaleras de dos en dos, paso los tornos. Otra vez escaleras. Paso las puertas. Otra vez escaleras.
Aire libre, por fin. Al llegar al último escalón, me paro y respiro hondo. Al final de la calle está mi instituto. ¿Merece la pena este viaje? Medito y pienso. Sí, sí merece la pena. Es penoso, tortuoso, solitario, agobiante y larguísimo, pero merece la pena.
viernes, 10 de septiembre de 2010
Nuevo comienzo.
Miro adelante y no sé qué veo exactamente. No veo nada, en realidad. No hay planes, no hay expectativas. Sólo existe el presente y el pasado que construye mi futuro. Estoy parado. Ahora que lo único que me quedaba para terminar con la anterior etapa de mi vida, he podido arrancarlo y tirarlo al suelo, no sé cómo avanzar.
No tengo miedo, sólo incertidumbre. ¿Ahora qué? ¿mirar adelante y nada más? ¿hasta divisar algo a lo que agarrarme? No. No cometeré ese error. Por una vez, no miraré hacia adelante para ver cómo pueden ser las cosas dentro de unos meses. Miro a los lados para ver a la gente que sé que me acompañará, y que estará ahí siempre. Esa gente que lleva acompañándome desde hace mucho, y otros que aún conociéndome desde hace poco tiempo, han hecho una gran huella en mi corazón.
Ellos son aquellas personas que no me defraudarán, porque habiendo podido hacerlo, no lo han hecho todavía. Porque ellos son mi vida y mi soporte. Porque unos me sujetan cuando otros flaquean. Porque les quiero, y confío en que lo sepan.
De estos dos años siguientes no sé nada. Sólo sé que la Lengua será mi herramienta, las lenguas muertas mis camaradas, la Historia mi aliada, la Filosofía mi maestra y la Literatura mi pasión. No pido más, porque eso es suficiente. Es lo que llevo deseando quince largos años. Cumplir mi sueño académico: ser de Humanidades.
Ahora, ante la puerta de este nuevo Universo, todo lo acontecido anteriormente parece mucho más lejano... mucho menos dañino, mucho más soportable.
Sigo sin tener miedo, porque voy a cumplir mi sueño, y vosotros, mis amigos, me vais a acompañar.
No tengo miedo, sólo incertidumbre. ¿Ahora qué? ¿mirar adelante y nada más? ¿hasta divisar algo a lo que agarrarme? No. No cometeré ese error. Por una vez, no miraré hacia adelante para ver cómo pueden ser las cosas dentro de unos meses. Miro a los lados para ver a la gente que sé que me acompañará, y que estará ahí siempre. Esa gente que lleva acompañándome desde hace mucho, y otros que aún conociéndome desde hace poco tiempo, han hecho una gran huella en mi corazón.
Ellos son aquellas personas que no me defraudarán, porque habiendo podido hacerlo, no lo han hecho todavía. Porque ellos son mi vida y mi soporte. Porque unos me sujetan cuando otros flaquean. Porque les quiero, y confío en que lo sepan.
De estos dos años siguientes no sé nada. Sólo sé que la Lengua será mi herramienta, las lenguas muertas mis camaradas, la Historia mi aliada, la Filosofía mi maestra y la Literatura mi pasión. No pido más, porque eso es suficiente. Es lo que llevo deseando quince largos años. Cumplir mi sueño académico: ser de Humanidades.
Ahora, ante la puerta de este nuevo Universo, todo lo acontecido anteriormente parece mucho más lejano... mucho menos dañino, mucho más soportable.
Sigo sin tener miedo, porque voy a cumplir mi sueño, y vosotros, mis amigos, me vais a acompañar.
jueves, 9 de septiembre de 2010
Plantar cara.
Hay veces en la vida en las que tienes que ser fuerte, ponerte en pie y dar un puñetazo en la mesa. Plantar cara a la persona que te hace la vida imposible, y hacerle que se de cuenta de que no eres débil, que eres más fuerte que él y que estás dispuesto a pelear para pasarle por encima.
Son esas veces, en las que te sientes más débil, en las que te cuesta más levantarte. En las que es más duro el paso que hay que dar para dar el golpe. Pero no he de amilanarme. No he de acobardarme y encogerme en un rincón para esperar a que pase la tempestad. Hay que plantar cara. Tengo que mostrarme firme para que veas cuál es la realidad.
He de mostrarte, que aunque tú parezcas el fuerte de los dos, no es así. Yo parezco más débil porque yo siento. Me enamoro, sufro, lloro... mucho más de lo que tú puedas llegar a imaginar... pero eso no me hace débil. Todo lo contrario: me hace fuerte. Y por eso soy mucho más fuerte que tú, por eso soy mucho más valiente. Porque después de meses de sufrimiento y de encogerme en mí mismo, tengo el valor de plantarme delante de ti y preguntarte "¿Por qué?". Aunque la respuesta ya la sé. Miedo. Siempre es esa la respuesta. Tuviste miedo y no arriesgaste, no pensaste lo que era mejor para los dos, si no lo que era más cómodo para ti.
Yo he llorado. He llorado mucho... pero cada lágrima derramada me ha hecho más fuerte, más valiente, más inteligente y, sobre todo, más maduro. Puede que tú siempre tengas tres años más que yo... pero yo siempre habré llorado y habré sufrido más que tú, lo que significa que he aprendido más que tú.
Porque yo he luchado, y he sufrido por conseguir lo que quiero. He atravesado dificultades, he pasado por mundos de horror y por verdaderos infiernos, aprendiendo de mis errores y de los tuyos, mientras tú te escondías, huías, como un auténtico cobarde. Porque eso es lo que eres. Un cobarde. Un cobarde que no supo estar a la altura.
Ahora, con todo esto a mis espaldas, con todas mis lágrimas, todos mis sentimientos y todas mis fuerzas, soy capaz de levantarme, dar un puñetazo en la mesa y preguntarte: "¿Por qué?"
viernes, 13 de agosto de 2010
Lo que más odio de ti.
Siempre, siempre estás ahí. Por favor, vete ya, déjame en paz. Quiero vivir. Vivir agusto, en un mundo donde tú y todo lo relacionado no aparezcáis... un mundo donde pueda vivir sin tener que preocuparme de cómo son las cosas, de qué pensarás o qué harás. Un mundo tranquilo.
Me gustaría poder pensar que las cosas pueden ir bien. Que podemos estar en una misma habitación sin que vaya intentar hacerte daño... pero no. Eso sería mentirme a mí mismo. Las cosas no pueden salir bien contigo. Sin la tentación de volver a hablarte alguna vez, porque sé, porque sabemos que volverás a hacer las cosas mal si así es; así que vete, por favor, te lo suplico. Vete y no vuelvas... no me hagas pensar que eres un mero recuerdo para que cuando aparezcas todo mi trabajo por seguir adelante sea derruido por ti.
Te odio, lo sabes. Te odio con todas mis fuerzas, porque te tengo miedo. Un miedo atroz. Por ti he sufrido más que nadie, por ti he pasado por lo peor. Por ti no quiero volver a verte, porque si nos volvemos a ver, no sé si seré lo suficientemente fuerte como para ignorarte. No sé si seré lo suficientemente fuerte como para no intentar hacerte daño. No sé si seré lo suficientemente fuerte como para no volver a caer en lo mismo.
Te detesto. Por ti he estado en lo peor, por ti he hecho lo peor, por ti he sido lo peor, y tú... nada. Vete, déjame en paz antes de destruirme completamente, déjame vivir para poder disfrutar como no me dejaste. Porque es horrible pensar que después de todo el esfuerzo que he hecho por olvidarte lo puedes revertir apareciendo en unas cuantas fotos con una sonrisa.
Porque por eso te odio, porque he pasado por lo indecible por tu culpa, he llorado, he gritado, me he rendido y... a pesar de todo, no soy capaz de olvidarte y decir... "Ya no te quiero". Porque seas o no la misma persona que yo conocí, te sigo queriendo y, a ratos, sufro por ser tan débil. Porque a pesar de todo lo que me has hecho, te quiero. Eso es lo que más odio de ti. No te conformaste con hacerme daño, ahora también tengo que seguir queriéndote.
Me gustaría poder pensar que las cosas pueden ir bien. Que podemos estar en una misma habitación sin que vaya intentar hacerte daño... pero no. Eso sería mentirme a mí mismo. Las cosas no pueden salir bien contigo. Sin la tentación de volver a hablarte alguna vez, porque sé, porque sabemos que volverás a hacer las cosas mal si así es; así que vete, por favor, te lo suplico. Vete y no vuelvas... no me hagas pensar que eres un mero recuerdo para que cuando aparezcas todo mi trabajo por seguir adelante sea derruido por ti.
Te odio, lo sabes. Te odio con todas mis fuerzas, porque te tengo miedo. Un miedo atroz. Por ti he sufrido más que nadie, por ti he pasado por lo peor. Por ti no quiero volver a verte, porque si nos volvemos a ver, no sé si seré lo suficientemente fuerte como para ignorarte. No sé si seré lo suficientemente fuerte como para no intentar hacerte daño. No sé si seré lo suficientemente fuerte como para no volver a caer en lo mismo.
Te detesto. Por ti he estado en lo peor, por ti he hecho lo peor, por ti he sido lo peor, y tú... nada. Vete, déjame en paz antes de destruirme completamente, déjame vivir para poder disfrutar como no me dejaste. Porque es horrible pensar que después de todo el esfuerzo que he hecho por olvidarte lo puedes revertir apareciendo en unas cuantas fotos con una sonrisa.
Porque por eso te odio, porque he pasado por lo indecible por tu culpa, he llorado, he gritado, me he rendido y... a pesar de todo, no soy capaz de olvidarte y decir... "Ya no te quiero". Porque seas o no la misma persona que yo conocí, te sigo queriendo y, a ratos, sufro por ser tan débil. Porque a pesar de todo lo que me has hecho, te quiero. Eso es lo que más odio de ti. No te conformaste con hacerme daño, ahora también tengo que seguir queriéndote.
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