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lunes, 6 de febrero de 2012
Tic, tac.
Es como estar nervioso todo el rato. Como si cada segundo fuese un cosquilleo en el estómago. Tic, tac. Me cuesta concentrarme. Mi cabez vuela a cada segundo. Tic, tac. Las ventanas prometen un exterior de risas. Miro al folio en blanco y suspiro. Tic, tac. Parece que nunca acaba de llenarse. Pasitos de color azul, uno detrás de otro: voy avanzando. Tic, tac. Y sigo, poco a poco, concentrándome en el trabajo. No es lo que ocupa mi pensamiento, sin embargo. Tic, tac. ¿Cuánto queda? ¿Dos horas? Tic, tac. No sé si voy a aguantar. Parece demasiado. Tic, tac. Termino. Sonrío. Tic, tac. El corazón me da un vuelco. Al fin llegó el momento. Tic, tac.
domingo, 5 de febrero de 2012
El Renacer y la Primavera anticipada
Dan igual el frío, el hielo de la noche, el cielo encapotado y los árboles desnudos. Dan igual el sol desganado o el insistente viento. Da igual el intenso azote del Febrero que ha seguido a un falso Enero. Da igual. Dan igual las narices enrojecidas por el frío, dan igual los contiuos estornudos y la desgana mañanera por salir de la cama. Da igual, porque para mí ya no es invierno: el invierno fueron los siete meses anteriores, yermos y baldíos, en los que la inspiración se me escapaba entre los entumecidos dedos, en los que el sol de Agosto nunca terminó de descongelar la escarcha de mi interior... Ahora es primavera, porque vuelvo a sentir el calor de la emoción dentro de mí, porque vuelven a surgir palabras inspiradas desde mis manos... porque aunque le cueste, el sol brilla más que antes...
No sabía si estaba preparado, me seguía escondiendo en mi tímido caparazón para no sufrir ningún daño... pero al fin me decidí, al fin salí... y mereció la pena... merece la pena volver a sentirse vivo, volver a escribir con ganas e inspiración al mismo tiempo... merece la pena, por esos ojos grises.
No sabía si estaba preparado, me seguía escondiendo en mi tímido caparazón para no sufrir ningún daño... pero al fin me decidí, al fin salí... y mereció la pena... merece la pena volver a sentirse vivo, volver a escribir con ganas e inspiración al mismo tiempo... merece la pena, por esos ojos grises.
miércoles, 25 de enero de 2012
Uno entre seis millones
Desconcierto el de vivir
uno entre seis millones,
una mota, un punto pequeño
dentro de un gran sueño
donde nada es importante,
en la vana contingencia,
en la pura decandencia
de un no amanecer.
Vaivén, cambio, azar,
y el no poder saber
ni quién eres
ni qué buscas
ni qué te hará perecer.
Noche continua infinita,
noche confusa, sin luna,
que no es noche,
pero sí oscura
inseguridad:
pues nada es,
todo puede ser.
Con tu alma el miedo juega,
con tu incertidumbre disfruta
mientras tú te dices:
“Dime qué buscas
dime qué quieres
dime qué encuentras
entre las paredes
de tu mundo
de tu persona”.
Y no encontrar más respuesta
que la del terrible silencio
que al final te contesta
hasta que entiendes
que eres uno en seis millones,
que no quieres,
que no buscas,
que no encuentras...
tan sólo eres.
uno entre seis millones,
una mota, un punto pequeño
dentro de un gran sueño
donde nada es importante,
en la vana contingencia,
en la pura decandencia
de un no amanecer.
Vaivén, cambio, azar,
y el no poder saber
ni quién eres
ni qué buscas
ni qué te hará perecer.
Noche continua infinita,
noche confusa, sin luna,
que no es noche,
pero sí oscura
inseguridad:
pues nada es,
todo puede ser.
Con tu alma el miedo juega,
con tu incertidumbre disfruta
mientras tú te dices:
“Dime qué buscas
dime qué quieres
dime qué encuentras
entre las paredes
de tu mundo
de tu persona”.
Y no encontrar más respuesta
que la del terrible silencio
que al final te contesta
hasta que entiendes
que eres uno en seis millones,
que no quieres,
que no buscas,
que no encuentras...
tan sólo eres.
jueves, 16 de junio de 2011
Bailé con la lluvia hasta el cuarenta de mayo
Pasó el cuarenta de mayo y las malas noticias y la impaciencia me dejaron intranquilo... ¿y ahora qué? pensaba ¿qué hacer ahora? bueno... puede que ya no llueva, puede que me haya quedado sin mi más fiel compañera, mi símbolo de libertad... pero yo sigo aquí, y he de hacer algo... no bailaré con la lluvia, pero seguiré siendo libre... y feliz.
Y a cuarenta y cuatro de mayo, la falta de lluvia me enloqueció; a cuarenta y cuatro de mayo, cometí una imprudencia; a cuarenta y cuatro de mayo, bajo el terrible sol de justicia del catorce de junio, "todo" acabó... ¿todo? no. No... no todo... habrá más lluvia, aunque no sea la de siempre... habrá más años... habrá más primaveras que me alegren el ánimo... y el recuerdo de ésta siempre estará conmigo... aunque al principio haga daño.
Y a cuarenta y cuatro de mayo, la falta de lluvia me enloqueció; a cuarenta y cuatro de mayo, cometí una imprudencia; a cuarenta y cuatro de mayo, bajo el terrible sol de justicia del catorce de junio, "todo" acabó... ¿todo? no. No... no todo... habrá más lluvia, aunque no sea la de siempre... habrá más años... habrá más primaveras que me alegren el ánimo... y el recuerdo de ésta siempre estará conmigo... aunque al principio haga daño.
viernes, 3 de junio de 2011
Adios, Fer
Un dramático discurso frente al cañón de una escopeta vacilante, un forcejeo incauto y un fuerte disparo. Lo que ha durado más seis temporadas, ha desaparecido con la ensordecedora explosión de un casquete de bala.
Un desgarrador grito después del terrible silencio de la sorpresa, y el sonido de un peso muerto cayendo al suelo. Los latidos de mi corazón han parado durante un momento, y las lágrimas se han desbordado por mis mejillas. Era el fin, no había vuelta atrás. Todos en nuestras casas sabíamos que era lo que tenía que pasar, que Fer no podía morir de otra forma, y no iba a sobrevivir, que era lo que estaba escrito.
El grito de David, el dolor de Yolanda, la perplejidad de Alma, Álvaro, Jon, Daniela y el propio Toño, que le mató. Era un dolor tan real, las caras descompuestas de los profesores eran tan verosímiles, y las lágrimas intencionadas de Adrián Rodríguez tan sinceras...
Son actores... bueno, ¿y qué? ¿Quién no sintió el disparo en su propio ánimo? ¿A quién no se le cambió la expresión cuando lo oyó? ¿Acaso no podemos estar seguros de que más de uno se tapó los ojos en su casa, prediciendo la catástrofe? Fer se lo merece, Fer merece una muerte tan espectacular, Fer merece ese homenaje, y Fer merece que la serie muera con él.
Es un personaje, interpretado por Javier calvo, nada más... ¿nada más? lo dudo. Fer ha sido, es y será siempre un modelo. Un modelo de superación personal, de enfrentarse a sus miedos y luchar por defender lo que uno es y lo que ama. Fer es el modelo de héroe de nuestra generación, y si conocemos a alguien que se le parezca lo más mínimo, debemos estar orgullosos.
Para mí, Fer supuso un antes y un después. Fer fue un modelo, una inspiración, un pequeño empujoncito al abismo para que aprendiese a volar solo. Fer fueron risas, ilusiones, desesperaciones y, ahora y en última instancia, lágrimas. El fin de Fer es el fin de algo dentro de mí. No sé si será una coincidencia, o un iluso pensamiento generado por el dolor de cabeza propio del llanto, pero... la muerte de Fer, de esa idea, ese ideal, más bien, que me acompañaba, ha supuesto el final de ese empujón que empezó un año ha; ya he aprendido todo lo que podía aprender de su figura, ya no necesito nada más de él, más que el buen recuerdo y el cariño por tan entrañable personaje.
Adios, Fer. Muchas gracias... gracias por todo. Descansa en paz.
Un desgarrador grito después del terrible silencio de la sorpresa, y el sonido de un peso muerto cayendo al suelo. Los latidos de mi corazón han parado durante un momento, y las lágrimas se han desbordado por mis mejillas. Era el fin, no había vuelta atrás. Todos en nuestras casas sabíamos que era lo que tenía que pasar, que Fer no podía morir de otra forma, y no iba a sobrevivir, que era lo que estaba escrito.
El grito de David, el dolor de Yolanda, la perplejidad de Alma, Álvaro, Jon, Daniela y el propio Toño, que le mató. Era un dolor tan real, las caras descompuestas de los profesores eran tan verosímiles, y las lágrimas intencionadas de Adrián Rodríguez tan sinceras...
Son actores... bueno, ¿y qué? ¿Quién no sintió el disparo en su propio ánimo? ¿A quién no se le cambió la expresión cuando lo oyó? ¿Acaso no podemos estar seguros de que más de uno se tapó los ojos en su casa, prediciendo la catástrofe? Fer se lo merece, Fer merece una muerte tan espectacular, Fer merece ese homenaje, y Fer merece que la serie muera con él.
Es un personaje, interpretado por Javier calvo, nada más... ¿nada más? lo dudo. Fer ha sido, es y será siempre un modelo. Un modelo de superación personal, de enfrentarse a sus miedos y luchar por defender lo que uno es y lo que ama. Fer es el modelo de héroe de nuestra generación, y si conocemos a alguien que se le parezca lo más mínimo, debemos estar orgullosos.
Para mí, Fer supuso un antes y un después. Fer fue un modelo, una inspiración, un pequeño empujoncito al abismo para que aprendiese a volar solo. Fer fueron risas, ilusiones, desesperaciones y, ahora y en última instancia, lágrimas. El fin de Fer es el fin de algo dentro de mí. No sé si será una coincidencia, o un iluso pensamiento generado por el dolor de cabeza propio del llanto, pero... la muerte de Fer, de esa idea, ese ideal, más bien, que me acompañaba, ha supuesto el final de ese empujón que empezó un año ha; ya he aprendido todo lo que podía aprender de su figura, ya no necesito nada más de él, más que el buen recuerdo y el cariño por tan entrañable personaje.
Adios, Fer. Muchas gracias... gracias por todo. Descansa en paz.
lunes, 30 de mayo de 2011
Bailaré con la lluvia hasta el cuarenta de mayo
Chaparrón de mayo. Ecos de tormenta. Huellas de lluvia por las calles de Madrid. Miles de espejos de agua reflejan el alternante cielo, ni cubierto ni despejado. Un cierto olor a húmedo deambula por el aire, entrando en los pulmones de la gente, que inspira profundamente, intentando captar al máximo el embriagador aroma de la tierra mojada. Días preveraniegos, coronados con una angustiosa incertidumbre que frena el ritmo, y una agónica anticipación que acelera nuestras acciones.
Primeras gotas qeu se precipitan. Gente que se resguarda en los soportales, en tiendas y establecimientos. Permanezco de pie, en medio de arenal, sintiendo los primeros atisbos de la tímida lluvia acariciar mis brazos. Cada vez los proyectiles de agua caen con más frecuencia, precipitándose y rebotando con furia contra el suelo. Sigo sin moverme, me mantengo de pie hasta que la lluvia forma una densa cortina que no deja ver más allá, hasta qeu las letras de los carteles se notan borrosas y parecen distntes, hasta que sólo somos yo y el agua que baila conmigo.
Me abandono al sentimiento de libertad que supone sentir mi ropa, mi pelo y todo mi cuerpo empapado. No hay nada más. No hay preocupaciones, no hay agonías... tan sólo somos yo y la lluvia, que me limpia por dentro y me renueva. No pienso. No quiero pensar qué pasará cuando llegue el cuarenta de mayo, cuando cesen estas intermitentes aguas torrenciales, y vuelva a estar solo. No lo sé. No quiero saberlo. Hasta entonces, seguiré bailando con la lluvia.
Primeras gotas qeu se precipitan. Gente que se resguarda en los soportales, en tiendas y establecimientos. Permanezco de pie, en medio de arenal, sintiendo los primeros atisbos de la tímida lluvia acariciar mis brazos. Cada vez los proyectiles de agua caen con más frecuencia, precipitándose y rebotando con furia contra el suelo. Sigo sin moverme, me mantengo de pie hasta que la lluvia forma una densa cortina que no deja ver más allá, hasta qeu las letras de los carteles se notan borrosas y parecen distntes, hasta que sólo somos yo y el agua que baila conmigo.
Me abandono al sentimiento de libertad que supone sentir mi ropa, mi pelo y todo mi cuerpo empapado. No hay nada más. No hay preocupaciones, no hay agonías... tan sólo somos yo y la lluvia, que me limpia por dentro y me renueva. No pienso. No quiero pensar qué pasará cuando llegue el cuarenta de mayo, cuando cesen estas intermitentes aguas torrenciales, y vuelva a estar solo. No lo sé. No quiero saberlo. Hasta entonces, seguiré bailando con la lluvia.
lunes, 16 de mayo de 2011
¡Expecto patronum!
Frío. Oscuridad. Empiezo a temblar. Noto una horrible presencia. Una presencia que me sigue, me acosa, me hiere el alma. Duele, quema, y al mismo tiempo hiela. Lo siento por todas partes, y no hay ninguna salida por la que escapar. La angustia me llena, y es entonces cuando siento una siniestra mano que me roza el corazón, como tanteando, para acabar aferrándose hasta él, helando toda la sangre de mi cuerpo.
Me siento morir, parece que ya no me queda nada por lo que luchar, y entonces recuerdo. Recuerdo. Como con un fogonazo, mi memoria se ilumina con la luz naranja de una tímida farola de la noche madrileña. Una leve brisa mueve el agua del estanque, y un escalofrío que nada tiene que ver con el frío recorre mi piel. Recuerdo. Recuerdo el tímido avanzar de mis palabras, que se atropellan al llegar a mi lengua, para escapar con un leve balbuceo. Recuerdo el olor de la cerveza que había entre nosotros, y el gracioso tintineo que hizo al tambalearse sobre el granito. Recuerdo la peligrosa naturalidad de una cabellera morena y rizada, y el indefinible matiz gris de esos ojos, entonces fijos en mí. Recuerdo, por último la tímida sonrisa que me dijo: sí, ahora... es ahora. Ya sólo tengo el recuerdo de cómo cerré los ojos, y una explosión surgió del latido de mi corazón.
Siento esa misma explosión ahora, acompañada de un estallido de luz azul plateada, que se escapa con una elegancia felina, y huye acosando al agente de mi angustia. Sonrío. Suspiro. Cierro los ojos, tranquilo. Ya se ha ido. Ya ninguna garra oprime mi corazón. El artificio engendrado por mi creativo y cruel inconsciente se ha ido. Ya no queda nada de lo que temer. La realidad vuelve a tener cierta claridad, retirado el paranoico velo que me cubría, todo parece mucho menos grave. Todo parece mucho más tranquilo. Todo es mucho mejor. Sonrío otra vez, y pienso en que estaré protegido mientras tenga este patronus. Mi patronus.
Me siento morir, parece que ya no me queda nada por lo que luchar, y entonces recuerdo. Recuerdo. Como con un fogonazo, mi memoria se ilumina con la luz naranja de una tímida farola de la noche madrileña. Una leve brisa mueve el agua del estanque, y un escalofrío que nada tiene que ver con el frío recorre mi piel. Recuerdo. Recuerdo el tímido avanzar de mis palabras, que se atropellan al llegar a mi lengua, para escapar con un leve balbuceo. Recuerdo el olor de la cerveza que había entre nosotros, y el gracioso tintineo que hizo al tambalearse sobre el granito. Recuerdo la peligrosa naturalidad de una cabellera morena y rizada, y el indefinible matiz gris de esos ojos, entonces fijos en mí. Recuerdo, por último la tímida sonrisa que me dijo: sí, ahora... es ahora. Ya sólo tengo el recuerdo de cómo cerré los ojos, y una explosión surgió del latido de mi corazón.
Siento esa misma explosión ahora, acompañada de un estallido de luz azul plateada, que se escapa con una elegancia felina, y huye acosando al agente de mi angustia. Sonrío. Suspiro. Cierro los ojos, tranquilo. Ya se ha ido. Ya ninguna garra oprime mi corazón. El artificio engendrado por mi creativo y cruel inconsciente se ha ido. Ya no queda nada de lo que temer. La realidad vuelve a tener cierta claridad, retirado el paranoico velo que me cubría, todo parece mucho menos grave. Todo parece mucho más tranquilo. Todo es mucho mejor. Sonrío otra vez, y pienso en que estaré protegido mientras tenga este patronus. Mi patronus.
martes, 3 de mayo de 2011
"Ahora alguien lo tendrá muy difícil si quiere ligar contigo"
Uno tras otro, subo los escalones. Dejo que la suavidad de las escaleras de mármol se deslice bajo mis pies mientras asciendo, con una curiosa sonrisa en los labios. Clase nueva. Algo nuevo. Un pequeño cambio en mi rutinaria monotonía, que se ha visto privada de la última cosa que me distraía. Llego a mi piso, y me detengo delante de mi antigua clase. La veo vacía, con las luces apagadas y una pequeña sensación de añoranza se extiende por mi cuerpo. Suspiro y miro a la izquierda. Un angosto pasillo, pobremente iluminado por la luz que atraviesa una traslúcida lámina de vidrio, se presenta ante mis ojos. Avanzo y siento un pequeño cosquilleo me domina. Me paro brevemente y sonrío. Este camino me recuerda a uno muy similar, para recorrer el cual he buscado mil y una excusas, a cada cual más inverosímil. Recuerdo: A partir de ahora, si alguien quiere ligar contigo lo tendrá muy difícil. Sigo avanzando y abro la puerta. Encuentro a mis compañeros, los de siempre, pensando en nuevas disposiciones, en sitios donde sentarse al más puro estilo del Doctor Sheldon Cooper; teniendo en cuenta la brisa que entra por la ventana, la distancia a la pizarra, lo cubierto o expuesto que queda un sitio de la inquisitiva mirada de cualquier profesor, y la gente que pudiera sentarse a su lado. Sonrío, divertido, y pongo mi mochila en la primera fila, delante del profesor, como siempre. Y así es como transcurren las tres horas siguientes: como siempre.
Suena la campana que marca el recreo y noto que a este sonido ya no le acompaña nada especial, ya no significa nada diferente. Bajo las escaleras, dejando resbalar otra vez mis pies sobre la suavidad marmórea de los escalones, y llego al primer piso. Suspiro y miro hacia un angosto pasillo, pobremente iluminado por la luz que atraviesa una traslúcida lámina de vidrio. Suspiro. Ojalá tuviese que volver a inventarme alguna de aquellas inverosímiles excusas para atravesar ese angosto pasillo. Ojalá no tuviese la sensación de que la abrumadora rutina me está volviendo a dominar. Ojalá el final de ese pasillo no estuviese tan erróneamente ocupado por estudiantes de Biología, Química, Física, o incluso Dibujo Técnico... porque echo de menos el juguetón cosquilleo que causaba en mí una sonrisa al cruzar ese pasillo, echo de menos la indecisión que me causaba ver esa puerta cerrada, echo de menos el relajado ambiente que se respiraba tras atravesar el final de ese oculto pasadizo... y ya no puedo vivir nada más que en el lejano recuerdo que me asalta cuando cruzo el estrecho corredor hasta mi clase, que me recuerda que voy a echar terriblemente de menos ese paseo, unos metros más abajo. Lo voy a echar de menos. Les voy a echar de menos.
Suena la campana que marca el recreo y noto que a este sonido ya no le acompaña nada especial, ya no significa nada diferente. Bajo las escaleras, dejando resbalar otra vez mis pies sobre la suavidad marmórea de los escalones, y llego al primer piso. Suspiro y miro hacia un angosto pasillo, pobremente iluminado por la luz que atraviesa una traslúcida lámina de vidrio. Suspiro. Ojalá tuviese que volver a inventarme alguna de aquellas inverosímiles excusas para atravesar ese angosto pasillo. Ojalá no tuviese la sensación de que la abrumadora rutina me está volviendo a dominar. Ojalá el final de ese pasillo no estuviese tan erróneamente ocupado por estudiantes de Biología, Química, Física, o incluso Dibujo Técnico... porque echo de menos el juguetón cosquilleo que causaba en mí una sonrisa al cruzar ese pasillo, echo de menos la indecisión que me causaba ver esa puerta cerrada, echo de menos el relajado ambiente que se respiraba tras atravesar el final de ese oculto pasadizo... y ya no puedo vivir nada más que en el lejano recuerdo que me asalta cuando cruzo el estrecho corredor hasta mi clase, que me recuerda que voy a echar terriblemente de menos ese paseo, unos metros más abajo. Lo voy a echar de menos. Les voy a echar de menos.
lunes, 25 de abril de 2011
Playas del Mediterráneo y nostalgia de Madrid
En el fondo son todas iguales, y me cansan. Desde hace doce años, vengo aquí casi por imposición, a mi cárcel de inactividad y aburrimiento, dominada por el olor de la sal y el sonido de las olas. ¿Qué tienen de especial las playas, que le gustan a todo el mundo? ¿Por qué eso sí y no el bullicio de la ciudad? Respiro profundamente y recuerdo los sonidos de mi amado Madrid. Recuerdo el metro, el ruido de los coches, la vista de la Gran Vía desde Plaza España, los paseos de la calle Princesa, las intrincadas calles del centro y el cálido sol de la Plaza de Oriente. Lo echo de menos.
El romper de las olas me trae de vuelta. Mis pulmones se llenan de humedad, y puedo volver a oler el salitre de las rocas de los acantilados. Con el libro debajo del brazo, sigo caminando. Cuando llego a playa, me quito las zapatillas y con cuidado las guardo en la mochila. Me subo los bajos de los pantalones y salto a la arena, tocando por primera vez en meses esta arena que me es tan familiar. Sigo andando. Tímidamente, me acerco a la orilla y dejo que las aguas del Mediterráneo acaricien mis pies descalzos, para retroceder, juguetonas, al ritmo de las olas.
Me acuerdo de ti y sonrío. Tu insistencia continua "ve a la playa, aprovecha ya que estás ahí". Vuelvo a sonreír. ¿Qué tiene esto de especial? Llevo viniendo aquí tanto tiempo que me aburre la misma imagen siempre. Las playas abarrotadas, la gente gritando y las ansias de sol... aunque bueno, eso es en julio y en agosto. Ahora no es así. Ahora las playas están desiertas, nadie más que un par de alemanes quiere estar aquí. Yo no quiero estar aquí, pero sigo paseando, con Cien años de soledad abierto por una página que no estoy leyendo. No hago más que mirar al infinito, otear el horizonte, pensando en lo que hay más allá. "Italia", pienso,"antigua tierra de los romanos... un país bello al que un día iré... ¡pero ahora estoy aquí, aburrido!".
Me alejo de la orilla y me siento sin mucho cuidado, dejando que la arena, revoltosa, juegue dentro de mi ropa. Hundo los pies en esa misma arena y miro con cuiriosidad cómo ésta va engulléndolos, como si fuese acabar cubierto entero.
Me concentro y vuelvo a abrir Cien años de soledad para vivir las aventuras de Macondo, en ese increíble mundo de fantasía dominado por los Buendía. Sin embargo, no puedo. Por lejos que esté, por mucho que vuelva a mi cárcel de monotonía e inactividad, aunque ni si quiera sepa dónde está ni qué hace, me acuerdo de unos ojos del color de este mar tranquilo, que, aunque me recuerde al aburrimiento de Alicante, también me recuerda a él.
El romper de las olas me trae de vuelta. Mis pulmones se llenan de humedad, y puedo volver a oler el salitre de las rocas de los acantilados. Con el libro debajo del brazo, sigo caminando. Cuando llego a playa, me quito las zapatillas y con cuidado las guardo en la mochila. Me subo los bajos de los pantalones y salto a la arena, tocando por primera vez en meses esta arena que me es tan familiar. Sigo andando. Tímidamente, me acerco a la orilla y dejo que las aguas del Mediterráneo acaricien mis pies descalzos, para retroceder, juguetonas, al ritmo de las olas.
Me acuerdo de ti y sonrío. Tu insistencia continua "ve a la playa, aprovecha ya que estás ahí". Vuelvo a sonreír. ¿Qué tiene esto de especial? Llevo viniendo aquí tanto tiempo que me aburre la misma imagen siempre. Las playas abarrotadas, la gente gritando y las ansias de sol... aunque bueno, eso es en julio y en agosto. Ahora no es así. Ahora las playas están desiertas, nadie más que un par de alemanes quiere estar aquí. Yo no quiero estar aquí, pero sigo paseando, con Cien años de soledad abierto por una página que no estoy leyendo. No hago más que mirar al infinito, otear el horizonte, pensando en lo que hay más allá. "Italia", pienso,"antigua tierra de los romanos... un país bello al que un día iré... ¡pero ahora estoy aquí, aburrido!".
Me alejo de la orilla y me siento sin mucho cuidado, dejando que la arena, revoltosa, juegue dentro de mi ropa. Hundo los pies en esa misma arena y miro con cuiriosidad cómo ésta va engulléndolos, como si fuese acabar cubierto entero.
Me concentro y vuelvo a abrir Cien años de soledad para vivir las aventuras de Macondo, en ese increíble mundo de fantasía dominado por los Buendía. Sin embargo, no puedo. Por lejos que esté, por mucho que vuelva a mi cárcel de monotonía e inactividad, aunque ni si quiera sepa dónde está ni qué hace, me acuerdo de unos ojos del color de este mar tranquilo, que, aunque me recuerde al aburrimiento de Alicante, también me recuerda a él.
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