Un dramático discurso frente al cañón de una escopeta vacilante, un forcejeo incauto y un fuerte disparo. Lo que ha durado más seis temporadas, ha desaparecido con la ensordecedora explosión de un casquete de bala.
Un desgarrador grito después del terrible silencio de la sorpresa, y el sonido de un peso muerto cayendo al suelo. Los latidos de mi corazón han parado durante un momento, y las lágrimas se han desbordado por mis mejillas. Era el fin, no había vuelta atrás. Todos en nuestras casas sabíamos que era lo que tenía que pasar, que Fer no podía morir de otra forma, y no iba a sobrevivir, que era lo que estaba escrito.
El grito de David, el dolor de Yolanda, la perplejidad de Alma, Álvaro, Jon, Daniela y el propio Toño, que le mató. Era un dolor tan real, las caras descompuestas de los profesores eran tan verosímiles, y las lágrimas intencionadas de Adrián Rodríguez tan sinceras...
Son actores... bueno, ¿y qué? ¿Quién no sintió el disparo en su propio ánimo? ¿A quién no se le cambió la expresión cuando lo oyó? ¿Acaso no podemos estar seguros de que más de uno se tapó los ojos en su casa, prediciendo la catástrofe? Fer se lo merece, Fer merece una muerte tan espectacular, Fer merece ese homenaje, y Fer merece que la serie muera con él.
Es un personaje, interpretado por Javier calvo, nada más... ¿nada más? lo dudo. Fer ha sido, es y será siempre un modelo. Un modelo de superación personal, de enfrentarse a sus miedos y luchar por defender lo que uno es y lo que ama. Fer es el modelo de héroe de nuestra generación, y si conocemos a alguien que se le parezca lo más mínimo, debemos estar orgullosos.
Para mí, Fer supuso un antes y un después. Fer fue un modelo, una inspiración, un pequeño empujoncito al abismo para que aprendiese a volar solo. Fer fueron risas, ilusiones, desesperaciones y, ahora y en última instancia, lágrimas. El fin de Fer es el fin de algo dentro de mí. No sé si será una coincidencia, o un iluso pensamiento generado por el dolor de cabeza propio del llanto, pero... la muerte de Fer, de esa idea, ese ideal, más bien, que me acompañaba, ha supuesto el final de ese empujón que empezó un año ha; ya he aprendido todo lo que podía aprender de su figura, ya no necesito nada más de él, más que el buen recuerdo y el cariño por tan entrañable personaje.
Adios, Fer. Muchas gracias... gracias por todo. Descansa en paz.
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viernes, 3 de junio de 2011
domingo, 10 de abril de 2011
"De spe memoriaque"
Es curioso. En el momento, perdí la esperanza. Me dije: "Ya está, Pablo, se acabó. Hasta aquí hemos llegado". Ahora, y desde entonces, me he ido olvidando de esa deliberada rendición, y la esperanza vuelve paulatinamente a surgir.
Es curioso. Quizá sea la espontaneidad del momento, la impresión que causaron en mí esas palabras, por lo que decidí rendirme... y ahora, sin embargo, escucho esas palabras repitiéndose en mi cabeza y pienso: "Bueno, ¿y qué? ¿Vas a rendirte ahora después de todo lo que has conseguido?... No". Al fin y al cabo, ahora es un eco débil, que parece muy pequeño en comparación con mi fuerza de voluntad. No es, como fue, el continuo repiqueteo de un martillo contra mi cabeza, que parecía decir no una y otra vez.
Sí, definitivamente es curioso... es posible que el recuerdo de esas palabras haga que parezcan menos graves que la primera vez que las oí, y de hecho, ya no parece tan grave... porque he decidido no rendirme. He decidido seguir adelante, y he decidido levantarme cada vez que me caiga.
De spe memoriaque... sobre la esperanza y el recuerdo. Quizá ambas vayan parejas... ya que perdí la esperanza en el momento, y la recuperé con el recuerdo.
Es curioso. Quizá sea la espontaneidad del momento, la impresión que causaron en mí esas palabras, por lo que decidí rendirme... y ahora, sin embargo, escucho esas palabras repitiéndose en mi cabeza y pienso: "Bueno, ¿y qué? ¿Vas a rendirte ahora después de todo lo que has conseguido?... No". Al fin y al cabo, ahora es un eco débil, que parece muy pequeño en comparación con mi fuerza de voluntad. No es, como fue, el continuo repiqueteo de un martillo contra mi cabeza, que parecía decir no una y otra vez.
Sí, definitivamente es curioso... es posible que el recuerdo de esas palabras haga que parezcan menos graves que la primera vez que las oí, y de hecho, ya no parece tan grave... porque he decidido no rendirme. He decidido seguir adelante, y he decidido levantarme cada vez que me caiga.
De spe memoriaque... sobre la esperanza y el recuerdo. Quizá ambas vayan parejas... ya que perdí la esperanza en el momento, y la recuperé con el recuerdo.
sábado, 9 de abril de 2011
Ganas de gritar
Ganas de gritar al mundo, dejar que mi voz, en un desgarrador aullido, se extienda por el mundo acompañada por los cuatro vientos. Y ya está. No necesito más... soy un ser humano, y a veces necesito explotar para poder reconstruirme de nuevo.
martes, 29 de marzo de 2011
Vana esperanza
Es.pe.rar... Es-pe-rar... Es pe rar... lo digas como lo digas, esperar es desesperante. Cada minuto, cada segundo se hace eterno, y el tic-tac del reloj cada vez va siendo menos frecuente, hasta que sientes tu respiración repetirse varias veces, varias veces, varias veces por cada segundo. Cada vez el tiempo es más pesado, cada vez su repetitiva vibración, causada por el continuo pulsar de la rutina, se va a haciendo más profunda, más grave, como las metálicas cuerdas de una guitarra.
Y... ¿qué esperas? ¿qué merece este desajuste del tiempo? ¿qué es tan importante para hacer que los segundos parezcan horas?... ... ... Eso. Sí, eso, ¿no lo oyes?. En efecto, nada, nada es tal cosa... nada más que vanas esperanzas, volutas de humo que se disuelven en tímidos hilos trepando a la inmensidad del firmamento. Así es como desaparecen las esperanzas en el futuro... se disuelven, desaparecen, apenas son el recuerdo de una ilusa confusión que en un momento te llevó a enloquecer.
Aunque... espera, oigo algo... algo diferente. Parece ser el sonido de una risa... luego un susurro, le sigue un suspiro, y termina con el sonido de una sonrisa. Cierro los ojos e imagino... una inmensa pradera verde en la que se oye el susurro de un arroyo cercano. Siento en las yemas de mis dedos la suave sensación de tu cara, tus labios, tu cuello, tu espalda; siento en mis pies la refrescante sensación de los tuyos, y el cosquilleo suave al pasear mi pie por los bajos de tus viejos vaqueros, roídos por el tiempo; oigo el tranquilo bailar de tu pelo, al ritmo de la leve brisa de la tarde; veo la increíble profundidad de tus ojos verdes, que enseñan un millón de cosas sin llegar a decir ninguna; huelo la increíble fragancia que desprendes, que es dulce, interesante y familiar; y degusto el sabor de tus labios... sin poder compararlos con nada. Abro los ojos repentinamente. Tan sólo durante un tiempo, he podido pensar que estaba en un lugar especial, con un paso del tiempo normal, no el pesado y triste contador que me acompaña...
Eso es una esperanza. No puedo vivir sin ella, pero con ella tampoco. Sólo me queda seguir observando cómo surge esa esperanza y observar cómo, al igual que el azulado humo del tabaco se deshace en la inmensidad del cielo, ésta se pierde entre las intrincadas paredes del futuro. No tengo nada que hacer... más que vivir de la vana esperanza, hasta que algo me golpee en la cara y entonces sepa que no estoy solo, porque alguien ha llegado mientras yo miraba al cielo.
viernes, 31 de diciembre de 2010
No soy ese tipo de persona
No soy esa persona a la que te quedas mirando en el metro. No tengo ese fascinante aura de misterio de muchos extraños. No dan ganas de conocer mi historia. No soy esa persona con porte elegante y caminar ligero a la que dan ganas de conocer mientras mira a un punto infinito en el vagón. Me gustaría ser así. Pertenecer a ese selecto grupo de gente a la que le queda bien toda prenda que se ponga. Ese grupo de gente con mirada inteligente y estilo misterioso, con esa sonrisa perfectamente casual y la ropa con un ligero aspecto de desorden, que te recuerdan que todo ese efecto lo consiguen sin ningún esfuerzo, y cuyo gran toque de humanidad puede ser un simple lunar en el labio. Sí, me gustaría ser como ese tipo de gente cuyo peinado parece haber nacido con ellos, en el que cada mechón de pelo parece cuidadosamente puesto en su lugar, incluso aquellos cuya disposición parece anárquica con respecto al resto.
Veo a ese tipo de personas de vez en cuando en el Metro, en el autobús, andando por la calle, tomando un café o incluso en mi propio instituto. Me giro, les miro y esa mezcla entre fascinación y envidia se extiende por mi cuerpo. Si veo que escuchan música, me pregunto qué clase de música alternativa y personal estarán escuchando. Puede que estén escuchando la música más comercial y común, pero cuando veo el leve bailar de sus labios, dejando escapar invisibles letras de canciones, creo que cualquier canción, la que sea, se convierte en algo sofisticado, complicado e inteligente. Tienen esa extraña mirada solitaria, a veces mezclada con algo de indiferencia, que te hace ver que no necesitan demasiada compañía, que están bien ellos solos, que les gusta ser como son: diferentes, incluso mejores.
Yo no soy así. Soy un simple chaval, andando por el metro, sujetándome esos pantalones que me están bien de largo pero no de ancho, e intentando que no se me caiga la carpeta llena de apuntes. No me apoyo con ninguna elegancia en la barra del metro, simplemente me derribo, derrotado, contra el suelo y observo al resto del vagón con cierta curiosidad, quizá buscando a alguna de estas personas. Cuando llega el momento, me levanto torpemente y sigo andando mientras me sujeto los pantalones, algo incómodo.
No, definitivamente no soy una de esas personas interesantes, claramente inteligentes, guapos, fascinantes en definitiva. No tengo esa perfecta sonrisa en las fotos, no tengo esa expresión impenetrable y esos bonitos ojos indescifrables que brillan con ingenio en las fotos. Pero... ¿Merece la pena? ¿Merece la pena ser así de cercano a la perfección? ¿Quién sabe lo solas que están esas personas? Quizá se sientan solos, aislados por la envidia del mediocre o sientan que no hay gente como ellos cerca. Quizá si les preguntásemos, preferirían ser un pequeño chaval torpe en el metro que intenta no caerse a cada paso. Quizá no. Nunca lo sabré, porque no soy ese tipo de persona.
Veo a ese tipo de personas de vez en cuando en el Metro, en el autobús, andando por la calle, tomando un café o incluso en mi propio instituto. Me giro, les miro y esa mezcla entre fascinación y envidia se extiende por mi cuerpo. Si veo que escuchan música, me pregunto qué clase de música alternativa y personal estarán escuchando. Puede que estén escuchando la música más comercial y común, pero cuando veo el leve bailar de sus labios, dejando escapar invisibles letras de canciones, creo que cualquier canción, la que sea, se convierte en algo sofisticado, complicado e inteligente. Tienen esa extraña mirada solitaria, a veces mezclada con algo de indiferencia, que te hace ver que no necesitan demasiada compañía, que están bien ellos solos, que les gusta ser como son: diferentes, incluso mejores.
Yo no soy así. Soy un simple chaval, andando por el metro, sujetándome esos pantalones que me están bien de largo pero no de ancho, e intentando que no se me caiga la carpeta llena de apuntes. No me apoyo con ninguna elegancia en la barra del metro, simplemente me derribo, derrotado, contra el suelo y observo al resto del vagón con cierta curiosidad, quizá buscando a alguna de estas personas. Cuando llega el momento, me levanto torpemente y sigo andando mientras me sujeto los pantalones, algo incómodo.
No, definitivamente no soy una de esas personas interesantes, claramente inteligentes, guapos, fascinantes en definitiva. No tengo esa perfecta sonrisa en las fotos, no tengo esa expresión impenetrable y esos bonitos ojos indescifrables que brillan con ingenio en las fotos. Pero... ¿Merece la pena? ¿Merece la pena ser así de cercano a la perfección? ¿Quién sabe lo solas que están esas personas? Quizá se sientan solos, aislados por la envidia del mediocre o sientan que no hay gente como ellos cerca. Quizá si les preguntásemos, preferirían ser un pequeño chaval torpe en el metro que intenta no caerse a cada paso. Quizá no. Nunca lo sabré, porque no soy ese tipo de persona.
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