Miro adelante y no sé qué veo exactamente. No veo nada, en realidad. No hay planes, no hay expectativas. Sólo existe el presente y el pasado que construye mi futuro. Estoy parado. Ahora que lo único que me quedaba para terminar con la anterior etapa de mi vida, he podido arrancarlo y tirarlo al suelo, no sé cómo avanzar.
No tengo miedo, sólo incertidumbre. ¿Ahora qué? ¿mirar adelante y nada más? ¿hasta divisar algo a lo que agarrarme? No. No cometeré ese error. Por una vez, no miraré hacia adelante para ver cómo pueden ser las cosas dentro de unos meses. Miro a los lados para ver a la gente que sé que me acompañará, y que estará ahí siempre. Esa gente que lleva acompañándome desde hace mucho, y otros que aún conociéndome desde hace poco tiempo, han hecho una gran huella en mi corazón.
Ellos son aquellas personas que no me defraudarán, porque habiendo podido hacerlo, no lo han hecho todavía. Porque ellos son mi vida y mi soporte. Porque unos me sujetan cuando otros flaquean. Porque les quiero, y confío en que lo sepan.
De estos dos años siguientes no sé nada. Sólo sé que la Lengua será mi herramienta, las lenguas muertas mis camaradas, la Historia mi aliada, la Filosofía mi maestra y la Literatura mi pasión. No pido más, porque eso es suficiente. Es lo que llevo deseando quince largos años. Cumplir mi sueño académico: ser de Humanidades.
Ahora, ante la puerta de este nuevo Universo, todo lo acontecido anteriormente parece mucho más lejano... mucho menos dañino, mucho más soportable.
Sigo sin tener miedo, porque voy a cumplir mi sueño, y vosotros, mis amigos, me vais a acompañar.
viernes, 10 de septiembre de 2010
jueves, 9 de septiembre de 2010
Plantar cara.
Hay veces en la vida en las que tienes que ser fuerte, ponerte en pie y dar un puñetazo en la mesa. Plantar cara a la persona que te hace la vida imposible, y hacerle que se de cuenta de que no eres débil, que eres más fuerte que él y que estás dispuesto a pelear para pasarle por encima.
Son esas veces, en las que te sientes más débil, en las que te cuesta más levantarte. En las que es más duro el paso que hay que dar para dar el golpe. Pero no he de amilanarme. No he de acobardarme y encogerme en un rincón para esperar a que pase la tempestad. Hay que plantar cara. Tengo que mostrarme firme para que veas cuál es la realidad.
He de mostrarte, que aunque tú parezcas el fuerte de los dos, no es así. Yo parezco más débil porque yo siento. Me enamoro, sufro, lloro... mucho más de lo que tú puedas llegar a imaginar... pero eso no me hace débil. Todo lo contrario: me hace fuerte. Y por eso soy mucho más fuerte que tú, por eso soy mucho más valiente. Porque después de meses de sufrimiento y de encogerme en mí mismo, tengo el valor de plantarme delante de ti y preguntarte "¿Por qué?". Aunque la respuesta ya la sé. Miedo. Siempre es esa la respuesta. Tuviste miedo y no arriesgaste, no pensaste lo que era mejor para los dos, si no lo que era más cómodo para ti.
Yo he llorado. He llorado mucho... pero cada lágrima derramada me ha hecho más fuerte, más valiente, más inteligente y, sobre todo, más maduro. Puede que tú siempre tengas tres años más que yo... pero yo siempre habré llorado y habré sufrido más que tú, lo que significa que he aprendido más que tú.
Porque yo he luchado, y he sufrido por conseguir lo que quiero. He atravesado dificultades, he pasado por mundos de horror y por verdaderos infiernos, aprendiendo de mis errores y de los tuyos, mientras tú te escondías, huías, como un auténtico cobarde. Porque eso es lo que eres. Un cobarde. Un cobarde que no supo estar a la altura.
Ahora, con todo esto a mis espaldas, con todas mis lágrimas, todos mis sentimientos y todas mis fuerzas, soy capaz de levantarme, dar un puñetazo en la mesa y preguntarte: "¿Por qué?"
viernes, 13 de agosto de 2010
Lo que más odio de ti.
Siempre, siempre estás ahí. Por favor, vete ya, déjame en paz. Quiero vivir. Vivir agusto, en un mundo donde tú y todo lo relacionado no aparezcáis... un mundo donde pueda vivir sin tener que preocuparme de cómo son las cosas, de qué pensarás o qué harás. Un mundo tranquilo.
Me gustaría poder pensar que las cosas pueden ir bien. Que podemos estar en una misma habitación sin que vaya intentar hacerte daño... pero no. Eso sería mentirme a mí mismo. Las cosas no pueden salir bien contigo. Sin la tentación de volver a hablarte alguna vez, porque sé, porque sabemos que volverás a hacer las cosas mal si así es; así que vete, por favor, te lo suplico. Vete y no vuelvas... no me hagas pensar que eres un mero recuerdo para que cuando aparezcas todo mi trabajo por seguir adelante sea derruido por ti.
Te odio, lo sabes. Te odio con todas mis fuerzas, porque te tengo miedo. Un miedo atroz. Por ti he sufrido más que nadie, por ti he pasado por lo peor. Por ti no quiero volver a verte, porque si nos volvemos a ver, no sé si seré lo suficientemente fuerte como para ignorarte. No sé si seré lo suficientemente fuerte como para no intentar hacerte daño. No sé si seré lo suficientemente fuerte como para no volver a caer en lo mismo.
Te detesto. Por ti he estado en lo peor, por ti he hecho lo peor, por ti he sido lo peor, y tú... nada. Vete, déjame en paz antes de destruirme completamente, déjame vivir para poder disfrutar como no me dejaste. Porque es horrible pensar que después de todo el esfuerzo que he hecho por olvidarte lo puedes revertir apareciendo en unas cuantas fotos con una sonrisa.
Porque por eso te odio, porque he pasado por lo indecible por tu culpa, he llorado, he gritado, me he rendido y... a pesar de todo, no soy capaz de olvidarte y decir... "Ya no te quiero". Porque seas o no la misma persona que yo conocí, te sigo queriendo y, a ratos, sufro por ser tan débil. Porque a pesar de todo lo que me has hecho, te quiero. Eso es lo que más odio de ti. No te conformaste con hacerme daño, ahora también tengo que seguir queriéndote.
Me gustaría poder pensar que las cosas pueden ir bien. Que podemos estar en una misma habitación sin que vaya intentar hacerte daño... pero no. Eso sería mentirme a mí mismo. Las cosas no pueden salir bien contigo. Sin la tentación de volver a hablarte alguna vez, porque sé, porque sabemos que volverás a hacer las cosas mal si así es; así que vete, por favor, te lo suplico. Vete y no vuelvas... no me hagas pensar que eres un mero recuerdo para que cuando aparezcas todo mi trabajo por seguir adelante sea derruido por ti.
Te odio, lo sabes. Te odio con todas mis fuerzas, porque te tengo miedo. Un miedo atroz. Por ti he sufrido más que nadie, por ti he pasado por lo peor. Por ti no quiero volver a verte, porque si nos volvemos a ver, no sé si seré lo suficientemente fuerte como para ignorarte. No sé si seré lo suficientemente fuerte como para no intentar hacerte daño. No sé si seré lo suficientemente fuerte como para no volver a caer en lo mismo.
Te detesto. Por ti he estado en lo peor, por ti he hecho lo peor, por ti he sido lo peor, y tú... nada. Vete, déjame en paz antes de destruirme completamente, déjame vivir para poder disfrutar como no me dejaste. Porque es horrible pensar que después de todo el esfuerzo que he hecho por olvidarte lo puedes revertir apareciendo en unas cuantas fotos con una sonrisa.
Porque por eso te odio, porque he pasado por lo indecible por tu culpa, he llorado, he gritado, me he rendido y... a pesar de todo, no soy capaz de olvidarte y decir... "Ya no te quiero". Porque seas o no la misma persona que yo conocí, te sigo queriendo y, a ratos, sufro por ser tan débil. Porque a pesar de todo lo que me has hecho, te quiero. Eso es lo que más odio de ti. No te conformaste con hacerme daño, ahora también tengo que seguir queriéndote.
Sobrevolando el Atlántico
Después de tres horas de viaje, ese asiento que al principio del viaje tan cómodo se antojaba, me resulta incómodo. Me revuelvo intentando encontrar una posición más cómoda, y miro a mi derecha. Veo a mi amigo, plácidamente dormido. Sonrío. Por mucho que este sentimiento de claustrofobia se extienda dentro de mí, y por mucho que se me entumezcan las piernas por la falta de movimiento, esto es el principio de algo grande. Algo muy grande. Veinte días, para él y para mí. Para nadie más. Es tiempo de ser egoístas, tiempo de disfrutar por nosotros y para nosotros.
Recuerdo mi país, posiblemente ya a unos tres mil kilómetros de aquí. Recuerdo toda la gente que desde allí piensa en nosotros dos, y quiere saber de nosotros y nuestra pequeña gran aventura. Sonrío otra vez. Aunque quiera disfrutar y que sean veinte días sin problemas, veinte días para dejar de pensar… no puedo evitar echar de menos a esas personas que, físicamente o no, están conmigo.
Me vuelvo a revolver en mi asiento, nuevamente incómodo. Imagino lo que me espera después de la inmensidad del océano. Nueva York, Washington, Orlando, Filadelfia. Asfalto, humo, enormes edificios. Edificios que cuentan historias, todas las historias de la gente los ha admirado, dejando dentro de las imponentes masas de cemento, un pedacito de ellos.
“Les dejaré allí” Pienso. “Aunque no vean el Empire State Building nunca en su vida… una parte de ellos estará allí para siempre. Esa parte de ellos que viaja conmigo, ahora y cada día de mi vida”
Relajado, me recuesto sobre el respaldo, cierro los párpados y suspiro. Acunado por mis amigos me dejo llevar en volandas por los brazos de Morfeo. Sueño. Oscuridad. Todo ello, sobrevolando el Atlántico.
jueves, 29 de julio de 2010
Te quiero.
Hora tras hora, día tras día, busco a alguien con quien hablarlo. Se hace duro permanecer callado ante esto, y es que te quiero. Sé que tú no lo puedes saber, y aún así, no puedo dejar de gritar que te quiero. A los cuatro vientos y frente al mar, en cualquier sitio lo diría... en cualquier sitio menos delante de ti.
Tú no te enteras, tú no quieres enterarte, tú no quieres saberlo, pero ojalá algo sospecharas... y es que no puedo dejar de pensar en ti, no puedo evitar ese brinco en mi corazón cada vez que te veo, y tú sigues ahí, sin respuesta aparente, con la mente en otros horizontes, horizontes lejos de mí.
Sin embargo, me da igual, sólo quiero que seas feliz, a cualquier precio. Tu sonrisa me da la vida, aunque tú no lo sepas, así que no me queda más remedio que animarte a que te alejes de mí, para que vivas feliz, lejos de mí, pero feliz; porque tu felicidad es el viento que mueve los molinos de mi corazón.
Sé que no vas a saber que eres tú, pero lee esto. Lee esto y que sepas que a alguien le estoy diciendo que le quiero, y ese alguien eres tú. En serio, aunque esta carta sin destinatario se pierda en el olvido, quiero que lo sepas, y algún día lo sabrás. Te quiero.
Tú no te enteras, tú no quieres enterarte, tú no quieres saberlo, pero ojalá algo sospecharas... y es que no puedo dejar de pensar en ti, no puedo evitar ese brinco en mi corazón cada vez que te veo, y tú sigues ahí, sin respuesta aparente, con la mente en otros horizontes, horizontes lejos de mí.
Sin embargo, me da igual, sólo quiero que seas feliz, a cualquier precio. Tu sonrisa me da la vida, aunque tú no lo sepas, así que no me queda más remedio que animarte a que te alejes de mí, para que vivas feliz, lejos de mí, pero feliz; porque tu felicidad es el viento que mueve los molinos de mi corazón.
Sé que no vas a saber que eres tú, pero lee esto. Lee esto y que sepas que a alguien le estoy diciendo que le quiero, y ese alguien eres tú. En serio, aunque esta carta sin destinatario se pierda en el olvido, quiero que lo sepas, y algún día lo sabrás. Te quiero.
domingo, 25 de julio de 2010
Una dibujante enamorada.
No puedo perdonarte. Lo siento, pero no puedo. Lo que me hiciste fue… es… horrible. Te dije lo que sentía, lo mucho que te quería… lo mucho que te quiero… y tú, parado, quieto, no hiciste nada, no dijiste nada, tan sólo callaste.
Y yo soy idiota, muy idiota, porque no puedo perdonarte, pero tampoco puedo olvidarte. No puedo dejar de quererte cada día más, porque tú eres mi punto débil. Por ti me levanto cada mañana, por ti voy al colegio, por ti sigo viviendo. Porque te quiero y no lo puedo evitar. Porque aunque me hiciste mucho, muchísimo daño, no puedo evitar que se me acelere el corazón cada vez que ríes, cada vez que me miras y veo en tus ojos ese atisbo de… ¿dolor? Quizá lástima.
Y ahora voy aquí, en un autobús, sin compañía de nadie. Con mi cuadernillo abierto, garabateando sinsentidos, sinsentidos que siempre acaban de la misma forma: tú. Sin querer empiezo a perfilar tu nariz, tus ojos verdes, tu casual sonrisa, tu pelo, tus hombros… tú.
Sigo avanzando, mirando al exterior de vez en cuando, esperando verte en cualquier rincón, riéndote con tus amigos, para poder sonreír como solo tú consigues que lo haga.
Paso página tras página en mi cuadernillo de dibujo, donde sales tú, sólo tú, porque sólo por ti dibujo, al igual que sólo por ti vivo. Dibujo tras dibujo, trazo tras trazo, solo eres tú. Tú riendo, tú disfrutando, tú mirando al infinito y, por último, tú y yo. Mi fantasía, mi final feliz que nunca se cumplirá. Tú y yo.
Porque por eso te odio, porque te quiero. Porque no te puedo perdonar por hacerme quererte tanto y que no seas capaz de devolverme el cariño.
Entonces, me bajo del autobús. No es mi parada, lo sé, pero creo que debo hacer algo. Con el cuadernillo debajo del brazo, sigo andando. Miro a un lado y a otro, sin saber exactamente qué busco en la oscuridad. Avanzo. Entro por el portal, casualmente abierto. Subo piso tras piso, y me planto delante de tu puerta y lo oigo. Una monótona y repetitiva melodía en el piano… quizá acompañada de algún que otro suspiro. Sonrío y me preparo para hacer una locura, para hacer La Locura.
Llamo a tu puerta y ésta se abre. Entonces mi voz, entre llorosa y emocionada dice: “¿Se puede?”
Un escritor enamorado
No soy más que un pobre escritor enamorado. Desde un destartalado ático en Barcelona, tecleando en mi vieja máquina de escribir, sólo siento ganas de abrir la ventana, y a los cuatro vientos gritar “Te quiero”.
Pero algo me lo impide. ¿Qué será? ¿La sociedad? ¿Mis amigos? ¿El sentido común? No lo sé. Ya no sé nada. Me cuesta saber qué es qué, porque tú me faltas. Porque tú no estás ahí, para abrazarme y quererme, y me tengo que aferrar a mis sueños imposibles, en los que tú, sin saberlo, eres mi musa.
Sigo tecleando en la máquina, sin parar, intentando encontrar una respuesta, un final feliz. Un final imposible. Si las cosas fuesen como en una de mis historias… si pudiese decirte “Te quiero”, pero borrar la escena si no me gusta el desenlace… si las cosas fuesen tan fáciles… probablemente esto que hacemos no sería vivir.
Sigo aplastando una tecla detrás de otra. Letra tras letra, palabra tras palabra, frase tras frase, espero a que se hagan realidad… pero ninguna lo hará. Porque sigo esperando las fuerzas que necesito para aparecer en tu puerta y decirte que te quiero, para que no me importe lo que digan los demás; tan solo ver tu sonrisa. Para siempre.
Pero supongo que es imposible. No es realista pensar que tú y yo… cuanto más lo pienso más ridícula me parece la idea… pero… ¿de sueños vive el Hombre? No. De sueños no vive. Por sueños muere, por sueños desespera… el Hombre vive de actos, vive de palabras.
Me decido. Cojo mi abrigo y salgo a la calle, y me preparo para decir muchas cosas que sé que en realidad no podré decir.
Ahora, delante de tu puerta, las cosas parecen más complicadas. La mano que llamará a tu puerta me pesa más que nunca, y aún así, consigo seguir adelante. Entonces tú, increíble -como siempre- abres la puerta, y yo, tras un pequeño balbuceo, consigo decir:
- Quería gritar esto desde mi ventana, pero no sabía si el viento sería capaz de traerte mis palabras. Tan sólo quería decirte que… te quiero.
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